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Ensayo en primera persona escrito por Marina López González Duran | 23 de julio de 2020

Hace un par de semanas, todos los estudiantes internacionales que vivían en los Estados Unidos se enteraron de que pronto se les exigiría que abandonarán el país. Una rápida sucesión de demandas e indignación pública obligó a la administración Trump a dar marcha atrás a la orden dirigida a estudiantes internacionales cuyas universidades movieron sus clases al formato en linea debido a las preocupaciones por el coronavirus. Esto estuvo muy cerca de terminar mal. Durante días, el destino de más de un millón de residentes legales de este país estuvo en completa incertidumbre, interrumpiendo sus vidas y la búsqueda de sus sueños.

Estuve con una visa de estudiante F1 durante siete años. Si esto hubiera pasado hace un año y medio, yo también hubiese sido uno de esos estudiantes. Todo este asunto me recordó mi vida cuando era estudiante internacional; lo difícil que es obtener y mantener una visa de estudiante, cuántas reglas hay que seguir, y la constante incertidumbre y estrés.

Mi mamá, mi papá, mi hermana y yo nos mudamos a Pittsburgh en el verano de 2011. Cuando subí al avión que salía de mi nativa Ciudad de México, todas mis posesiones terrenales reducidas a dos maletas y una bolsa de mano, aún consideraba entusiásticamente a Estados Unidos como una tierra de oportunidades. Esperaba convertirme en un gran músico. Trabajaría duro, dominaría mi oficio, y todos los sacrificios hechos habrían valido la pena.

Mi papá también estaba siguiendo su sueño profesional. Le habían ofrecido trabajo en el nuevo centro de telemedicina del UPMC Children’s Hospital. Él estaba dejando un país necesitado y que amaba mucho porque, paradójicamente, podría ayudar a más personas de forma virtual, desde este alejado lugar.

Esto también era un escape. Un silencioso terror había estado creciendo constantemente desde 2006, cuando la guerra contra las drogas respaldada por Estados Unidos explotó y se esparció por todo México. Recuerdo haber oído sobre cabezas clavadas en picos y cuerpos encontrados colgando de puentes. Al principio esto me dejaba en shock, pero a medida que los actos de violencia indescriptible se volvían cada vez más comunes, estos pasaron a ser parte del ruido de fondo de la vida cotidiana.

La crisis económica de 2008 solo empeoró las cosas. De modo que, cuando salimos de la Ciudad de México, a pesar de dejar a amigos y familiares, nuestros días festivos, nuestra comida, y nuestras raíces, sentimos que podríamos estar dirigiéndonos hacia una mejor vida.

Ya en los Estados Unidos, nos enteramos de que como yo tenía casi 20 años, ya no iba a poder quedarme como dependiente del estatus migratorio O1 de mi padre de “persona extraordinaria”. Si quería quedarme junto con mi familia, luchando por lograr mis sueños, tendría que inscribirme en una universidad estadounidense antes de cumplir los 21 años.

Asi que luché. Le envié un email al jefe del departamento de piano de Duquesne University, Kenneth Burky, quien afortunadamente resultó ser una persona bondadosa que me ayudó con el proceso de solicitud.

Intente por todos los medios, tratando de obtener una beca, ya que mis padres no podían pagar el precio total de mis estudios. Legalmente no podía solicitar un préstamo. Recuerdo a mi madre tratando de contener sus lágrimas mientras hablábamos con una tras otra secretaria universitaria, esperando que pudiéramos llegar a algún tipo de acuerdo.

Cuando finalmente comencé a estudiar en Duquesne en la primavera de 2012, el choque cultural fue instantáneo. Todos mis compañeros de clase ya tenían una historia que compartían entre sí, vivían juntos en dormitorios y se habían conocido durante el semestre de otoño. Poco a poco, encontré mi equilibrio, me involucré en la composición musical, y encontré un tutor y mentor en el profesor retirado de Duquesne, David Stock.

Me gradué en tres años y medio. Entonces la incertidumbre comenzó de nuevo. Solicite a varias escuelas de posgrado. A cada paso que daba surgía la pregunta: “¿Debo seguir luchando por lograr mis sueños, sabiendo que esto haría poco probable el que encontrara la estabilidad que se le exige a los inmigrantes para mantener su status?”

En ese punto, el efecto negativo de estar atrapada en una vista F1 había comenzado a pasar factura. No se me permitía trabajar legalmente fuera de la universidad. Mi trabajo universitario no podía ser de más de 20 horas a la semana. Vi a mis amigos progresar, conseguir sus propios apartamentos, carreras, viajar, etc.

La vida de un inmigrante es una pila interminable de papeleo, una larga lista de términos que hay que memorizar, que te definen, a los que tienes que aspirar, a los que tienes que temer: O1, H1, I94, F1, J1, OPT, I20… Una clase reprobada, un delito menor, o un error administrativo pueden costarte tu status.

Fui aceptada en el programa de maestría en composición musical de Carnegie Mellon University. Mi plan era obtener un doctorado y aplicar para un trabajo universitario. Una apuesta arriesgada, pero una forma de conservar mi status.

Entonces llegaron las elecciones de 2016 y me desperté la peor realidad de los Estados Unidos; vi al hombre que llamaba “violadores” y “criminales” a personas como yo en sus campañas presidenciales convertirse en presidente. Y después de que ganó, escuché sobre personas que hablaban mi idioma, que provenían de mi cultura, a quienes conocía, escuché como habían sufrido allanamientos de la policía a la 6 de la mañana, después de vivir toda una vida de existencia pacífica y respetuosa de la ley en esta ciudad.

Entonces llegó 2017, era hora de comenzar el proceso de nuevo, de prepararse para el GRE, presentar el examen de idioma TOEFL por enésima vez, escribir ensayos, enviar portafolios, llenar solicitudes. En ese entonces tenía un trabajo a tiempo parcial en la universidad y recibía dos ayudas para pagar mi matrícula.

Y entonces me topé con una pared. Fue en noviembre de 2017 cuando decidí que no iba a seguir con eso. Estaba agotada. Tuve una plática muy difícil con mis padres. Al principio estaban en estado de shock, temiendo que no pudiera obtener una visa de turista para volver a los Estados Unidos a visitarlos. Finalmente, llegaron a aceptar mi decisión, no conformes con la misma.

Marina López González Duran vivio en EEUU con una visa de estudiante F1 por siete años, un estatus que hubiera obligado a estudiantes internacionales a irse de los EEUU en el otoño si no hubiesen detenido el plan de Trump. (Foto de Ryan Loew/PublicSource)

En enero de 2018 entré en una profunda depresión. Todo por lo que había luchado y todo en lo que tenía esperanza había desaparecido. El país que pensé que sería la clave para realizar mis sueños resultó ser un lugar duro, implacable y lleno de odio.

Y entonces, durante lo que pensé que sería mi último semestre en los Estados Unidos, conocí al hombre que se convertiría en mi esposo. Me enamoré y encontré la voluntad de seguir luchando. Will y yo nos casamos en la primavera de 2019, y en noviembre pasado finalmente obtuve mi tarjeta de residencia.

Lo que realmente me sorprende de la situación actual es que, si de alguna manera hubiera sido más fuerte y hubiera encontrado la motivación para continuar tramitando las solicitudes de doctorado, ahora sería parte de los que son objetivo de la, ahora rescindida, orden de deportación. Después de casi una década de estar en este país, de tener cuidado con lo que digo online, de comportarme lo mejor posible, de mantener mis calificaciones altas, habría terminado siendo blanco de deportación.

Mi historia no es de ninguna manera especial o única. Hay muchas otras personas como yo, que vienen aquí para conseguir sus sueños. Nuestras historias son complejas y diversas. No somos un monolito, pero somos un bien para esta nación.

Existe una falsa narrativa de división entre los diferentes tipos de inmigrantes, afirmando que de alguna manera las personas que tenían los recursos y las oportunidades para aplicar de “la forma correcta” son mejores que aquellos que estaban lo suficientemente desesperados como para arriesgarlo todo y venir aquí a pesar de las amenazas de violencia y deportación.

Los acontecimientos recientes han demostrado que no somos tan diferentes antes los ojos de quienes desean que nos vayamos de este país; no se trata de cómo llegaste aquí, sino de quién eres.

Primero, a personas de ciertos países se les prohibió ingresar a los Estados Unidos. Entonces, los inmigrantes y refugiados indocumentados más vulnerables fueron atacados. Luego, estaba el desafío legal a DACA. Hace unas semanas, la Casa Blanca anunció que suspendería las visas de trabajo para varias personas altamente calificadas en los campos STEM. Y ahora, van tras los estudiantes internacionales. Algunos de estos ataques tendrán éxito y otros no, pero sus insistentes ataques demuestran mi punto.

Esto es un chivo expiatorio, simple y llanamente. Es una falta de imaginación no poder ver todo lo bueno que hay en la diversidad de talento que todo el mundo trae a este país, y cómo podemos coexistir y ayudar al avance de los ciudadanos nacidos en Estados Unidos.

Y es una pena; ver a este país deshaciéndose precisamente de lo que lo hace único, fuerte y hermoso.

Marina López González Duran es compositora y escritora con sede en Pittsburgh. Puede contactarla en marinalopezcomposer.com

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